Jeremías 1,4-5.
La palabra del Señor llegó a mí en estos términos:
"Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que
salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta
para las naciones".
Antes de formarme mi madre,
ya Dios me había llamado,
y yo lo conocía.
Antes de nacer,
mi luz se encendía,
ardiente en la llama
de la boca del señor,
como su profeta me constituía.
Solidaria con el,
mi llanto se escucho
al salir del vientre de mi madre,
más nadie me entendió;
que a Dios yo me dirigía,
y desde pequeña podía ver
lo que otros no percibían.
Mis padres ignoraban,
como yo,
quien era,
quien como columna,
me levantaba.
Terca y obstinada,
rechazaba sus ideas,
yo creía en Dios,
porque lo podía ver y El me observaba.
Mientras ellos,
con mucha ciencia,
su intelecto admiraban,
Dios sembraba en el mió,
sin negar yo,
que era Cristo
quien me cultivaba.
Yo veía
y ellos no creían;
Yo decía lo que escuchaba,
y ellos no lo oían.
Ellos no eran como yo,
yo era la oveja descarriada,
porque no seguía solamente
la voz de la razón,
fundamentada en la tecnología
de un cuerpo sin alma;
solo con cerebro y pensamiento,
como cuerpo biológico
de un primate,
que en dos piernas caminaba.
Yo era la rara,
la que a Cristo amaba.
Y todas las noche oraba
pidiendo a El,
que mi camino alumbrara,
para no perderme en las sombras
del intelectualismo deshumanizado,
en aras de la ciencia in comprobada.
Crecí corriendo tras el Señor
que al pasar en los templos,
veia su cruz colocada,
y de mirada triste,
belleza inmaculada,
sus ojos me seguían,
y su piedad me embargaba.
Cuando mis pies caminaron libres,
sin llevar mi mano atada,
a la mano de mis padres,
adolescencia llena de temores y traumas,
visiones que aterraban,
de un mundo en la oscuridad,
que solo yo sentía………
ante el altar de mi Señor martirizado,
día a día,
después de clases,
antes de llegar a casa,
en silencio me le presentaba.
Podía alzar mi vista y ver sus ojos
que como los míos,
se lamentaban,
del dolor y la agonía
de la existencia diaria,
en el vacío del alma
de los penitentes que no soportan más la carga,
de la cruz pesada,
que sobre sus hombros cargaban.
Estaba tan callado,
no lo dejaban hablar,
solo rezos
y ciertas risas,
solo rezos y ciertas lagrimas;
mantos que cubrían las cabezas,
fe incierta,
veamos pues si es cierto……….
pero no dejaban de dar sus lamentos,
en aquel recinto,
que para mi familia,
no cabía duda,
era inmenso,
pero vació.
Y yo allí, frente al Nazareno,
cargando su cruz,
en el templo del Sagrario,
con gran respeto,
entraba a verlo,
en la entrada me esperaba,
su gran imagen,
vestido de terciopelo,
con una corona de espinas,
que su frente le sangraba………
Fui yo ahora,
quien lo observaba;
quietecita,
esperaba verlo hablar,
decirme que quería?
que esperaba?
que deseaba?
Mas sus labios no se abrían,
ni su voz se hallaba clara.
Día a día,
fui a verlo:
antaño era el,
quien venia a verme,
cuando al caminar frente a la puerta
de su templo,
sus ojos desprendían la mirada,
y me acompañaba
en mi corazón,
como si este fuese un recipiente,
allí,
su presencia me depositaba.
Un tiempo acá,
después de esperarlo tanto,
sin palabras,
solamente seguían sus ojos mirando,
rompí por fin,
tímida,
el silencio que levantaba
un muro entre los dos,
y le confesé mi amor.
Baje mi rostro y lo escondí,
entre mi manto,
que cubría mis cabellos,
y mis ojos se brillaron,
húmedos,
mis labios temblaban……
Oh Dios! Cuanto te necesito!
Dime que me amas………
Mas El siguió callado,
no me contesto,
y yo me fui llorando,
mientras su imagen,
en aquel templo se quedaba,
yo podía sentir
como depositaba en mi corazón,
esa mirada que desde la infancia me seguía.
Y en la noche,
eleve de nuevo mi plegaria acostumbrada,
y volvi a decir:
Oh Dios,
Cuanto te necesito!
Dime que me amas………..
Julieta Alina Prado León
Alina Maria de dios
Ix chel de las Humanidades Hermanas.